Diciembre de 2010
Anno Templi DCCCXCII
Anno Templi DCCCXCII
Los próximos jueves, día 16 y domingo, día 19 de diciembre,
IV DOMINGO DE ADVIENTO,
en comunión con todos los Caballeros y Damas Templarios, con todos los hermanos cristianos repartidos por los confines del mundo, y con todos los que de buena fe rezan a un Dios Señor pidiéndole su gracia y un mundo mejor, recordamos nuestras intenciones comunes de este mes
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Saber aprovechar este tiempo de adviento y Navidad para simplificar nuestras vidas, quedarnos con lo fundamental y poner las cosas realmente valiosas en el objetivo de nuestra búsqueda y esperanza.
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Comprometámonos con nosotros mismos a que el ruido, los afectos ficticios, el consumo y el gasto superfluo de las próximas fechas no nos distraigan de la grandeza de sentir al prójimo como a nosotros mismos y de dar gracias a Dios por haber venido a traernos su Reino a este mundo.
En un estado relajado, en paz y armonía con nosotros mismos, nos ponemos en la presencia inmensa de este Dios presente y poderoso, hacedor de toda la creación, para realizar nuestra "oración del corazón".
Cerramos los ojos. Calmamos toda emoción y silenciamos toda actividad mental. En esta actitud,
MEDITAMOS
Sirviéndonos de un texto de Francisco J. Castro Miramontes:
“San José acogió a María - embarazada - fiándose él también de los designios divinos. Cuando Dios se hace presente en la realidad humana lo hace contando con nuestra libertad, sin forzar nuestra conciencia, casi como quien propone humildemente. El temor de José estaba justificado. Había una ley que cumplir y todo un cúmulo de gente que iba a murmurar. Con todo, decide asumir el reto y se aventura a acompañar a María en este momento crucial de su vida, signo también de gran amor hacia ella. Dios es imprevisible, pero la confianza hace posible la calma después de la tempestad”.
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No siempre es fácil saber ver la mano de Dios en las cosas: en nuestras cosas y en las de los que nos rodean.
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Pidamos que sepamos darnos cuenta de que a veces Dios quiere utilizarnos como su mano para con los demás, para ayudarles a comprender, con nuestro apoyo y respeto, lo que no pueden entender de sus vidas.
Concédenos, Señor, que, tras estas reflexiones, con confianza y sin condena nos atrevamos a pedírtelo, a llamarte Padre a Ti, Dios del cielo, y decir
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu Reino, hágase tu Voluntad como en los Cielos, así en la Tierra.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, y perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal.
Porque Tuyo es el Reino, el Poder y la Gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y en los siglos de los siglos.
Amén.
Venga a nosotros tu Reino, hágase tu Voluntad como en los Cielos, así en la Tierra.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, y perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal.
Porque Tuyo es el Reino, el Poder y la Gloria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y en los siglos de los siglos.
Amén.
Versión en latín
Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum.
Adveniat Regnum Tuum, fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie, et dimitte nobis débita nostra, sicut et nos dimittímus debitóribus nostris.
Et ne nos indúcas in tentationem, sed libera nos a malo.
Quia Tuum Regnum, et Potestas et Gloria, Pater, Filius et Spiritus Sanctus, nunc et semper et in saecula
Amen
Disposición final:
Dedicar unos minutos finales a sentirnos unidos con los demás hermanos de la Asamblea y expandiendo nuestra conciencia, hacia toda la humanidad.
¡QUE ASÍ SEA! ¡DEMOS GRACIAS A DIOS!
Non Nobis Domine, Non Nobis, Sed Nomine Tuo Da Gloriam”.



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