Impulsor y propagador de la Orden Cisterciense, valedor y protector del Temple y el hombre más importante del siglo XII en Europa
ASAMBLEA TEMPLARIA DE ORACIÓN
San Bernardo valedor y protector de la Orden del Temple
Contribuyó en buena medida a difundir las hazañas de los caballeros templarios hondamente preocupado por la situación de oriente, no se cansaba de apostrofar a los caballeros que preferían la molicie cortesana en Europa a las heroicidades en tierra santa.
Apoyó enérgicamente a Hugues de Payns, fundador de la orden del temple, que había venido de oriente en busca de vocaciones, redactó los estatutos de la orden, y consiguió que el papa Honorio II, a comienzos de 1.128, convocara el concilio de Troyes, que presidiría su legado, el cardenal mateo albano; asistieron al concilio dos arzobispos, diez obispos, siete abades, dos escolásticos e infinidad de otros personajes eclesiásticos.
La voz que más se escuchó en tan importante asamblea de teólogos y grandes señorías de la Iglesia, fue la del abate Bernardo, secretario del concilio; expuso los principios y primeros servicios de la Orden y, luego, supo responder con prontitud a todas las preguntas, mostrando la habilidad propia de un maestro de hombres. Esto permitió la creación y reconocimiento oficial de la Orden del Temple.
En 1127, el Maestre Hugo de Payns, una vez obtenida la aprobación de los Templarios por el Patriarca de Jerusalén, preparó un viaje a Roma con el fin de obtener una definitiva aprobación pontificia, y que de ese modo el Temple se convirtiera en Orden militar de pleno derecho. Balduino II, regente de Jerusalén, escribió al entonces Abad de Claraval, Bernardo, para que favoreciese al primer Maestre de la Orden ante la Iglesia.
San Bernardo de Claraval, uno de los iniciadores de la Orden monacal del Císter en Francia, era a sus veinticinco años una personalidad espiritualmente arrolladora, activísimo trabajador, que funda numerosos monasterios, escribe a reyes, papas, obispos y monjes, redacta tratados de teología, está siempre en oración y batallando a los enemigos de la fe romana. Tenía además, dos pariente próximos entre los nueve fundadores del Temple (Hugo de Payns y Andrés de Montbard, que era su tío), por lo que parece probable que tuviese ya noticias de la fundación de la nueva agrupación de monjes-soldados. Así pues, como esta nueva Orden colmaba su propia idea de sacralización de la milicia, recibió con todo entusiasmo la carta del rey Balduino y se convirtió en el principal valedor del Temple.
Por el momento, los Templarios habían recibido de los canónigos del Santo Sepulcro la misma Regla de San Agustín que ellos profesaban, pero el abad de Claraval deseaba algo más próximo y original para sus nuevos protegidos. Lo primero que hizo fue gestionar a favor de su pariente Hugo de Payns y los cuatro templarios que le acompañaban, una acogida positiva y cordial por parte del Papa Honorio II, a quien los fundadores del Temple estaban a punto de visitar en Roma. De acuerdo con la propuesta de Bernardo, en la primavera de 1228, se celebró un concilio extraordinario en Troyes, con nutrida asistencia de prelados franceses y de territorios próximos: dos arzobispos, diez obispos, siete abades, dos escolásticos e infinidad de otros personajes eclesiásticos, todo ello bajo la presidencia de un legado papal, el cardenal Mateo de Albano.
El hábil abad Bernardo, que de una manera u otra estaba vinculado a la mayoría de los asistentes, expuso los principios y primeros servicios de la Orden, y luego supo responder con prontitud a todas las preguntas que le fueron formuladas. El Concilio de Troyes, tras varias semanas de interrogatorios y deliberaciones, aprobó a la Orden del Temple con entusiasmo, como una especie de institucionalización de la Cruzada. De esta manera quedó establecida "oficialmente" la Orden del Temple. El concilio pidió a los nobles y a los príncipes que ayudasen a la nueva fundación y encargó a Bernardo de Claraval que redactase para una Regla original para los Templarios.
La decisión de San Bernardo fue la de adaptar al Temple la dura Regla del Cister, con arreglo a la cual la Orden militar organizó su vida monacal. Los Templarios, en cuanto monjes en sentido pleno, debían pronunciar los votos de pobreza, castidad y obediencia, más un cuarto voto de contribuir a la conquista y conservación de Tierra Santa, para lo cual, si fuera necesario, darían gustosos la vida.
“Non Nobis Domine, Non Nobis, Sed Nomine Tuo Da Gloriam”.




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